El plan parecía inviable desde el principio. ¿Un auto? ¿En Brujas? Eso no puede funcionar. La joya medieval de Bélgica no es el tipo de lugar que uno recorre conduciendo. Sus plazas y callejuelas angostas y empedradas convertirían cualquier paseo nocturno en auto en una pérdida de tiempo.

Al entrar en la ciudad en la hora punta de la tarde, el tráfico lo inunda todo, atascando las arterias de comunicación de Brujas. Los ciclistas bajan en dirección contraria por desconcertantes vías de sentido único que dejan al visitante desesperanzado, perdido en tan solo una milésima de segundo. Nuestro sistema de navegación tuvo un ataque de pánico.

Auto negro descapotable circulando por las calles de Brujas de noche

Salida en falso

Estacionamos y tomamos un café en Burg, una de las principales plazas de la ciudad, de estilo gótico. Tal vez nuestro entorno sea hermoso, pero, desde una perspectiva de conducción, Brujas no resulta muy amigable.  Se necesita un auto pequeño para reducir el riesgo de colisionar con los guerreros sobre dos ruedas, los turistas, los delgados canales y la constreñida arquitectura que conforman la ciudad.

Cuando acecha la oscuridad, nos dirigimos hacia la ruta de circunvalación principal para iniciar nuestro circuito por la ciudad. Conducimos hacia el lado este hasta llegar a Kruisport, una pequeña almena sobre un foso que rodea la ciudad antigua de Brujas, y nos adentramos mientras las calles de Brujas se espejan a medida que anochece.

Los turistas ya se han ido, dispersados por los establecimientos hoteleros de la ciudad. Ciclistas solitarios traquetean por las calles empedradas, camino a casa. Pasamos por el viejo Tollhouse, que data de 1477, y luego por el Teatro Real de la ciudad, uno de los edificios teatrales neorrenacentistas mejor conservados de Europa. La vertiginosa espiral de la catedral de Onze Lieve Vrouwekerk, retroiluminada por la luz de la luna, nos sirve como brújula.

Resulta una sensación escalofriante, conducir a través de una ciudad poco iluminada, en parte medieval y en parte gótica, bajo el hechizo de la luna llena. Las gárgolas que nos contemplan desde lo alto a través de la penumbra resultan inquietantes. La historia de este lugar atraviesa las paredes y se funde con el visitante por la noche.

Vista frontal de la catedral de Brujas iluminada de noche

Un viaje a través del tiempo

Si uno entrecierra los ojos, puede imaginarse a Brujas en la era medieval, cuando era el centro del comercio textil. Aunque mucha de la arquitectura de la ciudad es una recreación de edificios más antiguos, la combinación de antigüedad y modernidad es casi perfecta. Si se eliminasen los autos y la luz eléctrica, podríamos estar en el siglo XV.

Continuamos hacia Markt, la plaza principal de Brujas. Presidida por el imponente campanario Belfort, una de las atracciones más famosas de Bélgica, la plaza Markt alberga una serie de recreaciones, construidas principalmente a finales del siglo XIX, de edificios medievales con tejados a dos aguas, todos sutilmente diferentes entre sí. Durante el día, la plaza es una mera atracción turística más, llena de cafés, puestos de gofres y souvenirs, pero cuando anochece alcanza todo su esplendor, asomándose ante nosotros bajo un turbio cielo.

Descenso a la oscuridad

Retomamos el camino hacia la plaza Burg, donde hacía unas horas nos habíamos retirado en busca en un café. Ahora está desierta. Nos detenemos ante la hermosa Basílica de la Santa Sangre, el santuario más sagrado de la ciudad y hogar de una ampolla que se dice contiene la sangre de Cristo. Entonces las luces de la plaza se apagan de repente a medianoche, y nos vemos sumidos en la oscuridad. 

Nos dirigimos en busca de la comodidad de las luces callejeras y continuamos hacia el sur, tomando los canales centrales de la ciudad antes de poner rumbo al Astridpark y la espectacular Iglesia de la Magdalena.

Está refrescando, y es hora de dejarlo por esta noche. Ponemos rumbo al norte y recorremos de vuelta las calles angostas desiertas, pasando por las casas perfectamente cuidadas, los canales verde botella y los acogedores bares y restaurantes, con la esperanza de disfrutar de una noche de descanso. ¿Quién habría pensado que una visita nocturna a Brujas podría haber sido tan satisfactoria?

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